Mal de escuela

Quiero presentarles dos espacios en internet, intimamente relacionados, y que he conocido gracias a Jacqueline.

El primero es la web Heducacion, que nos propone aportar nuestro granito de arena para mejorar el sistema educativo dentro del Estado Español, creo que también es nuestro lugar… porque nuestras familias eligen una opción educativa… no nos abstenemos de educar a nuestras hijas e hijos, de modo que así como en otros país donde regulan la educación en familia, también nosotros somos parte del sistema educativo. La web toma su nombre del error de tipografia en la rotulación de la cartera de la ministra de Educación ocurrido en Madrid el 14/04/08

En la web pondrán ver varias secciones, una de ellas nos permite dejar nuestras opiniones…

Tengo algo que decir

Se admiten sugerencias, opiniones y críticas constructivas para mejorar el sistema educativo español.

Colabora escribiendo tu opinión y tus propuestas sobre el sistema educativo de nuestro país. Con tus comentarios crearemos un listado de sugerencias útiles que haremos llegar al organismo más importante en esta materia, el Ministerio de Educación.


La otra web es la que da titulo a esta entrada es la web del autor frances Daniel Pennac, y el titulo de su ensayo/memoria del que pueden descargarse algunos calitulos, y que está escrito desde la perspectiva del alumno, y no del profesor o el especialista en educación.

De modo que yo era un mal alumno. Cada anochecer de mi
infancia, regresaba a casa perseguido por la escuela. Mis boletines
hablaban de la reprobación de mis maestros. Cuando no
era el último de la clase, era el penúltimo. (¡Hurra!) Negado
para la aritmética primero, para las matemáticas luego, profundamente
disortográfico, reticente a la memorización de las
fechas y a la localización de los puntos geográficos, incapaz de
aprender lenguas extranjeras, con fama de perezoso (lecciones
no sabidas, deberes no hechos), llevaba a casa unos resultados
tan lamentables que no eran compensados por la música, ni por
el deporte, ni, en definitiva, por actividad extraescolar alguna.
–¿Comprendes? ¿Comprendes al menos lo que te estoy explicando?
Y yo no comprendía. Aquella incapacidad para comprender
se remontaba tan lejos en mi infancia que la familia había
imaginado una leyenda para poner fecha a sus orígenes: mi
aprendizaje del alfabeto. Siempre he oído decir que yo había
necesitado todo un año para aprender la letra a. La letra a, en
un año. El desierto de mi ignorancia comenzaba a partir de la
infranqueable b.
–Que no cunda el pánico, dentro de veintiséis años dominará
perfectamente el alfabeto.
Así ironizaba mi padre para disipar sus propios temores.
Muchos años más tarde, mientras yo repetía el último curso
en busca de un título de bachiller que se me escapaba obstinadamente,
soltó otra sentencia:
–No te preocupes, incluso en el bachillerato se acaban adquiriendo
automatismos…
O, en septiembre de 1968, con mi licenciatura de letras finalmente
en el bolsillo:
–Para la licenciatura has necesitado una revolución, ¿debemos
temer una guerra mundial para la cátedra?
Todo dicho sin especial maldad. Era nuestra forma de
connivencia. Mi padre y yo optamos muy pronto por la sonrisa.
Pero volvamos a mis comienzos. El menor de cuatro hermanos,
yo era un caso especial. Mis padres no habían tenido
la posibilidad de entrenarse con mis hermanos mayores, cuya
escolaridad, sin ser excepcionalmente brillante, había transcurrido
sin tropiezos.
Yo era objeto de estupor, y de un estupor constante pues
los años pasaban sin aportar la menor mejoría a mi estado de
embotamiento escolar. «Me quedo de una pieza», «Es para no
creérselo», me resultan exclamaciones familiares, unidas a unas
miradas adultas en las que veo perfectamente que mi incapacidad
para asimilar cualquier cosa abre un abismo de incredulidad.
Aparentemente, todo el mundo comprendía más deprisa (…)

(…)

–¿En matemáticas? La cosa comenzó con la aritmética,
¿sabes? Un día te pregunté qué hacer con un quebrado que
tenías delante de los ojos. Me respondiste, automáticamente:
«Hay que reducirlo a común denominador». Solo había un
quebrado, por lo tanto un solo denominador, pero tú no dabas
el brazo a torcer: «¡Hay que reducirlo a común denominador!».
Cuando insistí: «Piénsalo un poco, Daniel, hay un
solo quebrado y, por lo tanto, un solo denominador», te subiste
por las paredes: «El profe lo dijo; ¡los quebrados hay que
reducirlos a común denominador!».
Y los dos señores esbozan una sonrisa, durante su paseo.
Todo aquello les queda muy lejos. Uno de ellos ha sido profesor
durante veinticinco años: dos mil quinientos alumnos,
aproximadamente, algunos de ellos de «gran dificultad», según
la expresión consagrada. Y ambos son padres de familia.
«El profe ha dicho que…», conocían aquello. La esperanza
que el zoquete pone en la letanía, sí… Las palabras del profesor
son solo troncos flotantes a los que el mal alumno se
agarra, en un río cuya corriente le arrastra hacia las grandes
cataratas. Repite lo que ha dicho el profe. No para que la
cosa tenga sentido, no para que la regla se encarne, no; para
salir, momentáneamente, del paso, para que «me dejen
tranquilo». O me quieran. A toda costa.

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Un comentario en “Mal de escuela

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