Temple Grandin

Temple Grandin es autista, quizás la más famosa del mundo.

Piensa, siente y experimenta el mundo de una forma que es incomprensible para la mayoría. Además, es doctora en zoología, profesora en la Colorado State University, lleva su propio negocio, escribe libros, … Es un claro ejemplo de que, a veces, el autismo es una incapacidad que puede superarse si se reciben las ayudas adecuadas en la infancia.

Nació en 1947, una época en la que se sabía muy poco del autismo. El nacimiento fue normal, pero a los seis meses su madre empezó a notar que rechazaba los abrazos. Poco más tarde, se hizo evidente que la niña no soportaba que la tocaran.

Su Sistema Nervioso era tan sensible que se sobreestimulaba no sólo al sentir la cercanía de alguien, sino al oír cualquier sonido. Al sonido de un teléfono o de un coche, reaccionaba con fuertes berrinches o golpeando cuanto estaba a su alcance. «Cuando era niña, los sonidos fuertes como la campana de la escuela herían mis oídos como el taladro de un dentista pegándole a un nervio», cuenta ella misma.

A los tres años, los médicos dijeron que tenía daño cerebral y sus padres contrataron a una institutriz con la que realizaba ejercicios físicos y juegos repetitivos. Empezó a hablar y mostrar señales de progreso a la edad de cuatro años.

Cuando llegó al instituto, había aprendido a controlar un poco la ansiedad y el miedo constantes. Lo lograba encerrándose en sí misma y soñando despierta, pero a los otros niños les parecía fría y distante, y la daban de lado. Temple experimentó la soledad, el aislamiento y las burlas de sus compañeros.

A los 16 años, su madre insistió en que fuese a pasar unos días a la granja de ganado de su tío, en Arizona. Allí cambió su vida. Además de sentir una fuerte empatía hacia aquellos animales, se fijó en una máquina que se usaba para tranquilizar al ganado cuando venía el veterinario a explorarlos. Consistía en dos placas metálicas que comprimían a la res por los lados. La presión suave parecía relajarlos.

En la web Especto Autista pueden encontrar artículos de la Dra. Grandin, pero para abrir boca les dejo unos parrafos.

Emociones autistas

Definitivamente yo tengo emociones. Cuando era pequeña y otros niños se burlaban de mí, me sentía herida y enojada. Happé cuestiona la exactitud de los hechos relatados en mi libro porque lo hice con un co-autor. Esto me molesta. No le permití al co-autor cambiar los hechos y Happé cuestiona aquellos hechos que no están de acuerdo con su teoría. Yo me siento muy satisfecha con mi carrera como diseñadora de equipos para ganado. Cuando una creación mía complace a un cliente, yo me siento feliz. Jack, un afinador de pianos autista, coincide: “Para mí es importante complacer a la gente” (Dewey,1991).

Si algún proyecto mío finalmente no funciona, o si un cliente me critica injustamente, me siento deprimida y molesta. Jack tiene la misma sensibilidad frente a la crítica. Él dice: “Si tuviera éxito (refiriéndose a la composición musical) podrían hacerme algunos comentarios muy sarcásticos, y eso me resultaría aplastante dada mi reacción frente a las críticas” (Dewey, 1991). Siento gran satisfacción emocional cuando realizo cosas valiosas para la sociedad. Mi trabajo en equipos para ganado también ayudó a mejorar el trato hacia los animales en los EEUU. También me complace ayudar a otras personas con autismo y a sus familias. Me hace sentir bien poder usar mi habilidad para visualizar cuando debo resolver problemas. Es divertido ejercitar mi corteza cerebral con problemas interesantes. He observado que mis amigos no autistas, ingenieros, también encuentran placentero el uso intelectual del cerebro. Muchos científicos e ingenieros dan más valor al intelecto que a las emociones.

Me he puesto muy triste por la muerte de seres queridos. Y puedo llorar viendo películas dramáticas. Si veo a alguien maltratar a un animal, me siento disgustada o furiosa. Hay algunas áreas en las que mis emociones pueden ser diferentes. No me asusto ni me horrorizo fácilmente. Si veo algo desagradable, eso no me asusta aunque si me enoja. Otra diferencia es que mis decisiones se guían por el razonamiento y no por los sentimientos. Tengo reputación en mi trabajo con la ganadería por mi objetividad. Puedo dar una evaluación objetiva del trabajo de otro científico aunque lo odie como persona; he observado que a muchas personas les cuesta hacer esto. Yo puedo dejar a un lado el disgusto que me provoca alguien y apreciar su trabajo sin que el disgusto personal se entrometa en mi juicio.

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