Sánchez Dragó habla del nacimiento, en casa, de su hijo

Hoy estaba preocupada… salí a caminar a las ocho de la mañana, sin haber redactado la entrada para este blog, y he regresado a las dos de la tarde, obviamente por que me he perdido en la sierra que me circunda. He regresado, muuuuy cansada, por lo que no hubo forma humana de concentrarme en sobre que escribir. 
No se si a ustedes les sucede, pero a mi, desde que he aprendido a relajarme, a vivir despacio y a dejarme sorprender… la vida me sorprende. Y ahora, cuando ya me sentía capaz de “inventar” algo para este día, en el muro de una madre homeschooler me he encontrado con este artículo del diario “El mundo”. Es la crónica del nacimiento, en casa, del cuarto hijo del escritor Sánchez Drago, y se titula Akela, tú y yo, cachorro de hombre, somos de la misma sangre

Pueden leerlo completo haciendo clic sobre el titulo, pero les voy a compartir algunas partes que me han conmovido especialmente.

Ignoraba yo, hasta que vino el mundo, si sería niño o niña, azul o rosa, como se decía antes. Salió varón. No lo supe hasta que le vi el pito. ¿Como antes? Pues sí, como antes, ya que mi mujer se empeñó en que naciera en casa, con comadrona y sin ginecólogo ni medicalización alguna.

Inicialmente me opuse, pero no hubo forma de disuadirla. Parece ser que esa antigua modalidad del parto se está poniendo de moda, sobre todo en los países nórdicos: Holanda, Suecia, Noruega… En Japón no sé. Una de cada tres madres holandesas, por lo visto, da a luz en su cama y la seguridad social corre con los gastos. Ya decía Azorín que vivir es ver volver. Corre, corre, y más pronto o más tarde reapareces en el punto de partida.
Todo salió bien, aunque la casa se llenó de enseres y de mujeres: seis llegué a contar, incluyendo a la parturienta y excluyendo a mi gata Damisela, que no perdió ripio. 

(…)

 Los gatos también andaban por allí, mirándolo todo, ronroneando y transmitiendo paz, armonía, serenidad y gracia a la mujer que estaba a punto de convertirse en madre. Noriko, una amiga suya, japonesa, lo filmó todo: un largometraje, más bien un serial.
Mi hija Ayanta, que lleva dos días acribillada por las agujetas, sostenía a Naoko por las axilas, la abrazaba, la besaba y eran sus besos, sus brazos y su sostén sedación natural para las contracciones de mi esposa.
Caterina, mi nieta, con los ojos muy abiertos, aprendía a vivir y absorbía la vida.

Nosotros somos familias que educamos en casa, por que es verdad, más pronto o más tarde reapareces en el punto de partida. 

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