CUANDO LA ESCUELA DUELE

Por Carmen Ibarlucea

El Estado, las instituciones, los funcionarios, son personas. Nada funciona en el mundo de los humanos si no es porque una persona lo hace funcionar. Y las personas aman, las personas sufren, las personas tienen miedo y experimentan la felicidad.

Esas personas, las que dan cuerpo al Estado, a las instituciones, al funcionariado, cuando vuelven a casa se preocupan de su familia. Se preocupan por sus vecinos, se preocupan por sus amigos. Por el que tiene cáncer, por quien perdió el trabajo, por quien sufre desamor; y sin embargo, en la mayor parte de los casos, cuando entran a trabajar se desapegan de su humanidad. Olvidan que trabajan como personas para personas.

Y cuando eso sucede en la escuela, multiplica el dolor.

Estamos estrenando una nueva reforma a la ley de educación, y una vez más es un tren que comienza el recorrido dejando en el anden a los niños y a las niñas que sufren acudiendo a la institución.

¿De donde viene ese miedo a reconocer que no todo sirve para todos? ¿porqué ese miedo a reconocer que para algunos niños, para algunas familias, la escuela no es el lugar donde se hace efectivo el derecho a la educación?

Siempre me asombra que se comience el discurso reconociendo que hay muchas cosas que mejorar, pero se niegue que mientras las cosas no cambien el sufrimiento que pueden ocasionar, que de hecho ocasionan, amerita tomar en cuenta alternativas reales, y legales en muchos lugares del mundo.

He estado en el encuentro de familias que educan en casa en Portugal, donde la Ley de educación contempla la modalidad del ensino domestico que va asociado a la escuela, nótese que el Estado se apoya en la escuela para garantizar un seguimiento, pero también hace verdadera la premisa básica que se expresa en la Declaración de los Derechos Humanos haciendo ver que salvo contadas excepciones, son los padres quienes más aman a sus hijos, quienes mejor los conocen y quienes tienen el DEBER de velar por su felicidad y asegurar que disfruten de una educación que les permita desarrollar todo su potencial, sea el que sea.

Casi cada día escucho la historia de algún niño, de alguna niña que no desea ir a la escuela a causa del dolor que le provoca, pero los jueces, los trabajadores sociales, los psicólogos, sus maestros recomiendan no escuchar su dolor. Sin embargo, no me acostumbro… hace poco me llegó al alma saber que un niño de siete años le había dicho a su madre, a principio de este curso escolar: “No me mientas. Tú no puedes protegerme”.




Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s