Crónica de BioCultura Madrid 2013

Creo que es bueno aprovechar la oportunidad que nos dan los cuadernos electrónicos, de guardar y ordenar la memoria.  Por eso me gusta contarles como han sido las cosas en cada nueva edición a la que acudimos.

Este año ha sido diferente, el año en que más folletos hemos repartido en Madrid, 428. Y también el año en que hemos atendido más consultas, unas trescientas personas, y el año en que más familias de Clonlara se han acercado al stand para charlar, nueve familias.

Como cada año hemos tenido momentos felices y momentos de verdadera frustración. Animadas charlas con personas afines, debates intensos con personas contrarias, y un momento de tensión con algún que otro insulto insospechado.

Mi momento terrible fue la mañana del jueves, cuando un joven de aspecto agradable y amplia sonrisa se acerco a conversar. Maestro titulado trabaja en un proyecto de educación no formal en el centro de Madrid y comenzó señalando que a su juicio la escuela (pública, concertada o privada) debe cambiar y dar paso a una organización educativa que escuche las necesidades de cada niño o niña; sin embargo a su juicio (aunque no lo expreso desde yo, sino desde la verdad absoluta) la educación en el hogar/familia/etc. debería estar prohibida. Dado que había comenzado de forma conciliadora, y yo había escuchado atentamente su disertación, le respondí con su propio argumento: una ley de educación que contemple las necesidades de la infancia, todo un abanico de posibilidades, dentro de las cuales puede estar la educación en familia, pues es posible que la niña o el niño no deseen ir presencialmente a la escuela.

Su respuesta me dejo anonada, cuando me dijo que hay un limite para la escucha a la infancia, pues nunca un niño puede decidir sobre su propia vida hasta ese punto, y que regular esta opción sería una barbaridad comparable con permitir legalmente el asesinato entre personas.

Le rogué que se fuera. Le dije que esa comparación era tremendamente insultante y que no quería continuar aquella conversación.

Pero no me hizo caso.

Y así llegamos a la situación extrema en que me indico que si mis hijos alguna vez habían deseado no ir al colegio, era sólo porque yo les había transmitido un mensaje contrario a la institución. Y que si alguna vez, alguno de ellos deseo la muerte antes que seguir en la escuela, la responsable únicamente era yo.

A eso ya no respondí. Le tome la mano y le dije: “Me has insultado de todas las maneras posibles. Ahora me voy y cuando regrese espero no verte aquí”

Hasta este extremo no había llegado nunca antes, y desde luego no se volvió a repetir en los días posteriores. Aunque es frecuente que los/as profesionales de la educación se acerquen a decirnos que no están de acuerdo con nuestra opción, no es frecuente que hagan acusaciones tan graves. Por lo general suelen concordar en que el Estado debería garantizar la seguridad del niño/a para que no pueda suceder que en la privacidad del hogar estén expuestos a violencia intrafamiliar. Como no es legal, y como no hay estudios, me reservo mi opinión al respecto, dado que mi opinión emana del conocimiento directo de familias que educan fuera del edificio de la escuela y de lo observo en las puertas de los colegios, pero no deja de ser un punto de vista y no un estudio sistemático.

¿Cosas buenas? Muchas, muchísimas.

Familias amorosas que venían con sus trabajos bajo el brazo y con ganas inmensas de contarnos sus aventuras cotidianas. Encuentros llenos de afecto, charlas animadas no sobre la ley, sino sobre el presente, los desafíos de cada día, las sorpresas que nos dan los/as niños/as cuando menos lo esperamos. Niños que con ocho años descifran los secretos de la tabla periódica porque tiene bonitos colores, jóvenes que inician la aventura de ser adultos y cambian sus paradigmas para acercarse al aprendizaje desde el conjunto y no desde la segmentación. Padres que te dan las gracias por estar ahí, por haber mantenido abierto el camino de la educación y de la armonía familiar.  Personas hermosas que desearían educar desde el hogar, quizás con algo de flexischooling, pero que debido a circunstancias legales deben plegarse a la escuela y a la ley, pero agradecen el testimonio, el esfuerzo y la lucha.

Este año ofrecimos dos ¿charlas? En realidad hicimos un experimento. El sábado la oferta era un taller para aprender a contar cuentos, abierto al público en general, muy enriquecedor. Por supuesto había alguna que otra persona contraria a la educación en casa, pero como no se muerde la mano que nos da de comer, mantuvieron su opinión al margen y se centraron en la tarea. El domingo hablamos de nuestra nueva oferta de terminar hasta el grado 12 con la asesoría en castellano o catalán. No fue un éxito de público, tres personas acudieron a la convocatoria, sin embargo nos gusto poder compartir esa hora con un alumno que se acababa de matricular dos días antes. Una animada charla entre cuatro a veces es más sabrosa que una conferencia en que uno habla y el resto escucha, sobre todo si no es una clase magistral.

Y en BioCultura renovamos los encuentros con personas de las que acuden cada año, que hacen que sea como volver al hogar, el café de Intermon, las hamburguesas de soja (para mi) y de carne ecologíca (para otros) del distribuidor portugués que nos alimenta cuatro días seguidos, las semillas de lavado, el puesto de Crianza natural, las amigas de Tara (y su escuela en la India), las semillas de agricultura vibracional, el refugio del burrito, las actividades de MamaTerra y tantas y tantas personas que trabajan día a día por hacer del mundo un lugar mejor, y que convierten BioCultura en un lugar al que uno desea regresar.

La próxima cita Barcelona.

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Un comentario en “Crónica de BioCultura Madrid 2013

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