A las princesas no les gusta star wars … el sexismo continúa.

Leído en ElDiario.es autor Iker Armentia

tarta-estrella-de-la-muerteEl pasado domingo celebrábamos el cumpleaños de mi hija mayor cuando una de las colegas invitadas a la fiesta me preguntó si la tarta de Star Wars la habíamos comprado por mí.

– No, qué va, ha sido por Ane -contesté. Y procedí a interrogar a mi hija como Jordi Hurtado en Saber y Ganar.

– Ane, ¿cómo se llama la princesa de La Guerra de las Galaxias?

– Princesa Leia.

– ¿Y qué dice Darth Vader?

– Soy tu padre.

La colega me miró extrañada: “¿Le gusta La Guerra de las Galaxias?”.

No es la primera vez que vivía una situación parecida. Antes había tenido que escuchar comentarios del estilo cuando jugaba con mi hija a Spiderman contra La Garra (un superhéroe casero que tiene la única mano capaz de romper las redes del hombre araña): “Ya verás cuando vean en el colegio que juega a eso”, me dijo un familiar. Durante una temporada, mi hija estuvo obsesionada con Monsters S.A., y le compramos un pijama de Sullivan y Wazowski en la sección de niños de la tienda, porque la de niñas está reservada para la Doctora Juguetes y Hello Kitty. Como es obvio, las camisetas de tortugas ninja y dinosaurios que le hemos comprado a Ane sólo se pueden encontrar en la zona de chicos.

A mi hija le pasa que, además de las ‘cosas para niñas’, hay otras cosas que también le gustan que ‘son de niños’.

Según ese guión no escrito que domina nuestras relaciones sociales se supone que las niñas tienen que quedarse cautivadas con las princesas de Frozen -a mi hija también le flipa Frozen, además de los trastazos del Capitán Haddock-, princesas como Anna, la pelirroja de la película de Disney, que nada más llegar a la adolescencia y salir de su castillo, lo primero que quiere hacer es conocer al hombre de sus sueños para vivir con él el resto de su vida. Lo más natural del mundo, vamos. O Míster Increíble yendo a currar mientras su mujer se queda en casa, encargada de los niños y las tareas del hogar. O clásicos como Blancanieves que se dedica a limpiarles la casa a los enanitos y Cenicienta, que busca la felicidad en el matrimonio. Se trata de agradarles a ellos y no levantar demasiado la voz. La salvación, en muchos de estos relatos, está en el amor entregado, ese amor ciego en el que es normal que tu novio te controle el móvil. Y mientras tanto, él descubre tesoros, mata dragones y lucha contra el mal.

No hay más que pasar un rato en una zona de juegos infantiles para comprender que, en demasiadas ocasiones, las niñas son alabadas por comportarse con tranquilidad (“qué formal, qué maja”), y que a los niños sosegados se les tilda de acelgas pochas (“qué parado es ese niño, ¿no?”). De las niñas se espera que sean princesas esbeltas. De los niños, que rompan un cristal con un balón. ¿Y si las niñas quieren galopar hasta Mongolia siguiendo a Marco Polo? ¿Y si los niños quieren ser princesas?

Han pasado los tiempos en los que se encerraba en sanatorios a las mujeres que hacían el amor sin seguir los dictados del cura, pero esta obsesión por dividir el mundo en rosa y azul, en enfermeras y vaqueros, no ha terminado. Según un estudio sobre el sexismo en las campañas publicitarias de juguetes elaborado por el Instituto Vasco de la Mujer Emakunde, el 70 por ciento de los anuncios protagonizados por niñas se presentan en entornos interiores y del hogar, una cifra que baja al 55 por ciento en el caso de los niños. Más del 40 por ciento de los eslóganes publicitarios responde a arquetipos relacionados con el sexo de los críos: entre las niñas destacan los de fashion/moderna (29%), coqueta (22%), princesita (22%) y cuidadora (13%); y ellos, sin embargo, aparecen como héroes (39%), guerreros (26%) y aventureros (26%).

Canta a machismo rancio, por muy deterministas biológicos que nos pongamos.

Acudiendo al tópico, un padre siempre desea lo mejor para sus hijos, y lo mejor, dada las circunstancias, es rebelarse como Leia cagándose en las muelas de Darth Vader, rebelarse contra la fuerza de esa corriente por la que, en demasiadas ocasiones, nos dejamos llevar, por no importunar a los demás, o por miedo a cuestionarnos, pensando que, bueno, tampoco es para tanto, son tonterías. Y no. No lo son.

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